New York, New York
Sep 22, 2008 I literatura.Dios, madre, fue terrible… allí salían de aquellos grandes agujerocoños del suelo haciéndome maniobrar con mi maleta de cartón mientras subía por Times Square.
logré por fin preguntarle a uno dónde estaba el Village y cuando llegué al Village busqué una habitación y cuando abrí la botella de vino y me quité los zapatos descubrí que la habitación tenía un caballete, pero yo no era pintor, sólo un chaval que buscaba fortuna, me senté junto al caballete, a beber vino y mirar por la ventana sucia.
cuando salía a por otra botella de vino vi a aquel joven allí de pie con su albornoz de seda, boina y sandalias, barba medio enferma. hablaba por teléfono allí, en el pasillo.
-oh, sí sí, querida, tengo que verte, sí. ¡tengo que verte! si no me cortaré otra vez las venas… ¡de veras!
tengo que largarme de aquí, pensé. éste no sería capaz de cortarse ni los cordones de los zapatos. qué mierda repugnante. y luego van a sentarse en los cafés, tan tranquilos, con su boina, con todo el atuendo, fingiendo ser Artistas.
allí estuve una semana bebiendo, hasta que se acabó el alquiler, y luego busqué una habitación fuera del Village. por el aspecto y el tamaño la habitación era muy barata, no podía entenderlo. encontré un bar en la esquina y allí me pasaba el día soplando cerveza. se acababa el dinero pero, como siempre, me fastidiaba mucho buscar trabajo. cada momento de borrachera y hambre tenía para mí cierto tipo de contenido placentero. esa noche compré dos botellas de oporto y subí a mi cuarto. me quité la ropa, me metí en la cama en la oscuridad, cogí un vaso, me serví el primer trago. entonces descubrí por qué era tan barata la habitación. pasaba el tren justo por delante de la ventana y la parada estaba allí. enfrente justo de mi ventana. el tren iluminaba toda la habitación. y yo tenía que ver todo un vagón de caras. caras horribles: putas, orangutanes, cabrones, locos, asesinos… eran todos mis amos. luego, rápidamente, el tren volvía a arrancar y la habitación quedaba a oscuras… hasta el siguiente vagón de rostros, que siempre llegaba demasiado pronto. necesitaba el vino.
los propietarios del edificio eran una pareja judía que llevaban también una sastrería y servicio de limpieza de ropa de la acera de enfrente. decidí que mis harapos necesitaban limpieza. el momento de buscar trabajo atravesaba con pedos y eructos mi loco horizonte. allá me fui borracho con mis andrajos.
-… necesito que me limpien o me laven o hagan algo con esto…
-¡pobre chico! ¡cómo puede andar en ANDRAJOS! esto no me serviría a mí ni para limpiar las ventanas. verá usted una cosa… ¡eh, Sam!
-¿sí?
-muéstrale a este buen muchacho el traje que dejó aquel hombre.
- ¡oh sí, mamá, aquel traje tan bueno! ¡no comprendo cómo aquel hombre lo dejó!
no quiero repetir todo el diálogo. yo insistí más que nada en que el traje era demasiado pequeño. ellos dijeron que no. yo que si no era demasiado pequeño sí demasiado caro. ellos dijeron siete. yo dije, no tengo ni blanca. ellos dijeron seis. yo, no tengo ni cinco. cuando bajaron a cuatro pedí que me pusieran el traje. lo hicieron. les di los cuatro. volví a mi habitación, me quité el traje y dormí. cuando desperté estaba oscuro (salvo cuando pasabe el tren) y decidí ponerme el traje nuevo y salir y buscarme una chica, una chica guapa, claro, que apoyase a un hombre de mis aún ocultos talentos.
cuando me metí en los pantalones, se abrió toda la bragueta hasta atrás. en fin, me habían timado. hacía algo de frío pero pensé que la chaqueta lo taparía. cuando me metí en la chaqueta, la manga izquierda se desprendió por el hombro soltando un repugnante almohadillado gomoso.
ya me habían jodido otra vez.
me libré de lo que quedaba del traje y decidí que tendría que trasladarme de nuevo. encontré otro sitio, muy parecido a un sótano, allí bajando las escaleras entre los cubos de basura de los inquilinos, iba encontrando mi nivel.
la primera noche que salí, después de cerrar los bares descubrí que había perdido la llave. sólo llevaba puesta una camisa californiana blanca y fina. anduve en autobús de un lado a otro para no congelarme. por fin, el conductor dijo que era final de trayecto o que había terminado el servicio. yo estaba demasiado borracho para recordarlo.
cuando salí aún hacía frío y de pronto me vi allí de pie a la entrada del Yankee Stadium.
oh señor, pensé, aquí es donde mi héroe de la niñez, Lou Gehrig, jugaba y ahora yo voy a morir aquí fuera. bueno, es muy propio.
anduve un rato por allí y luego encontré un café. entré. las camareras eran todas negras de mediana edad pero las tazas de café eran grandes y un bollo y un café costaban muy poco. me llevé el servicio a una mesa, me senté, comí el bollo muy deprisa, sorbí el café y luego saqué un cigarrillo y lo encendí.
empecé a oír voces:
-¡ALABEMOS AL SEÑOR, HERMANO!
-¡OH, ALABEMOS AL SEÑOR, HERMANO!
miré a mi alrededor. me alababan todas las camareras y parte de los clientes, era muy hermoso. al fin el reconocimiento. al carajo las grandes revistas. siempre triunfaría el genio. sonreí a todos y di una gran chupada. entonces, una de las camareras me gritó:
-¡NO SE FUMA EN LA CASA DEL SEÑOR, HERMANO!
apagué el cigarrillo. terminé el café. luego salí y miré el letrero del escaparate:
MISIÓN DEL PADRE DIVINO.
encendí otro cigarro y empecé el largo paseo de vuelta a mi casa. cuando llegase allí nadie contestaría al timbre. al fin me tumbé encima de las latas de basura y me puse a dormir. sabía que abajo en la acera me engancharían las ratas. era un joven listo.
tan listo que incluso conseguí un trabajo al día siguiente. y a la noche siguiente, con resaca, temblón, muy triste, estaba trabajando.
me iniciaban dos tipos. llevaban los dos en el trabajo desde que se inventara el metro. íbamos caminando con esas pesadas planchas de cartón bajo el brazo izquierdo y un pequeño instrumento en la mano derecha que parecía un abridor de latas de cerveza.
-en Nueva York todo el mundo tiene esos bichitos verdes encima - decía uno de los tipos.
-¿de veras? -dije yo, sin importarme lo más mínimo de qué color fuesen los bichos.
-los verás en los asientos. los encontramos en los asientos todas las noches.
-sí -dijo el otro viejo.
seguimos andando.
buen Dios pensé, ¿le pasó esto alguna vez a Cervantes?
-ahora fíjate -dijo uno de los viejos-. cada tarjeta tiene un numerito. sustituimos cada tarjeta con el numerito por otra tarjeta con el mismo numerito.
zas, zas. abrió las tiras con el abrecervezas, metió el nuevo anuncio, sustituyó las tiras, cogió el anuncio viejo y lo metió al fondo del montón de anuncios del brazo izquierdo.
-ahora prueba tú.
probé. las pequeñas tiras no querían ceder. mi abrecervezas no tenía filo. me sentía enfermo, temblaba.
-lo conseguirás -dijo un viejo.
jódete que lo estoy consiguiendo, pensé.
seguimos.
luego salimos de la parte trasera del vagón y allá se fueron pisando los travesaños entre las guías. el espacio que había entre travesaño y travesaño era de más o menos un metro, un cuerpo podía caer fácilmente por allí. y estábamos a unos treinta metros de la calle. los dos viejos se deslizaron sobre los travesaños con su pesada carga de cartón y me esperaron junto al nuevo vagón. había un tren parado al otro lado recogiendo pasaje. estaba bien iluminado todo aquello, pero nada más. las luces del tren me mostraban claramente el vacío de un metro entre travesaño y travesaño.
-¡VAMOS! ¡VAMOS! ¡QUE HAY PRISA!
-¡a la mierda vosotros y las prisas! -grité a los dos viejos.
luego me posé en un travesaño con mi carga de cartón debajo del brazo izquierdo y el abridor de cervezas en la mano derecha. un paso. dos pasos. tres pasos… con aquella resaca, enfermo.
entonces salió el tren que estaba cargando. quedó todo tan oscuro como en un armario. más oscuro. yo no veía nada. no podía dar el paso siguiente. y no podía dar la vuelta. en fin, me quedé allí.
-¡vamos! ¡venga! ¡hay muchos vagones más!
por fin mis ojos pudieron adaptarse un poco a la oscuridad. empecé a dar de nuevo vacilantes pasos. algunas de las traviesas estaban suaves, gastadas, redondeadas, astilladas. dejé de oír sus gritos. fui dando aquellas angustiosas zancadas una a una, esperando siempre que la próxima me enviase por allá abajo.
llegué hasta el otro vagón y tiré al suelo los anuncios de cartón y el abrecervezas.
-¿pero qué coño pasa?
-¿qué pasa? ¿qué pasa? sabéis lo que os digo: ¡QUE OS VAIS A LA MIERDA!
-¿pero qué te pasa?
-un paso en falso y puede uno matarse. ¿es que sois tan bobos que no os dais cuenta?
-aún no se ha matado nadie.
-tampoco hay nadie que beba como yo. venga, vamos, decidme cómo tengo que hacer para salir de aquí.
-bueno, hay una escalera al fondo a la derecha, pero tendrás que cruzar las vías en vez de seguirlas, y eso significa que tienes que pasar por dos o tres raíles terciarios.
-habla claro, ¿qué es un raíl terciario?
-por donde pasa la corriente. si tocas uno te mueres.
-enséñame el camino.
los viejos me indicaron la escalera. no parecía quedar muy lejos.
-gracias, señores.
- cuidado con el raíl terciario. es dorado. si lo tocas te carboniza.
me lancé a cruzar. sentía que me observaban. cada vez que llegaba a un raíl terciario, procuraba levantar mucho la pierna y exagerar la nota. tenían un aspecto tan suave y apacible a la luz de la luna.
llegué a la escalera. volví a resucitar. al fondo de ella había un bar. oí risas. entré y me senté. había un tipo hablando. contaba que su madre se ocupaba mucho de él, le hizo aprender piano, ir a clases de pintura, y él conseguía sacarle el dinero a su madre, como fuera, para seguir bebiendo, todo el bar reía a carcajadas. yo también empecé a reirme. el tipo era un genio, y lo daba todo por nada. seguí riéndome hasta que el bar se cerró y nos separamos, cada cual siguiendo su camino.

dejé Nueva York poco después, no volví, no volveré. las ciudades están hechas para matar a la gente, y hay ciudades afortunadas y de las otras. sobre todo de las otras. en Nueva York tienes que tener toda la suerte. yo sabía que no tenía tanta. lo siguiente que supe fue que estaba sentado en una linda habitación del este de la ciudad de Kansas oyendo al encargado zurrar a la chica porque no había conseguido venderme un poco de su culo. era real y pacífico y sano de nuevo. escuchaba los gritos sentado allí en la cama, con el vaso a mano. eché un buen trago, luego me estiré entre las sábanas limpias. el tipo estaba pasándose. oí la cabeza de ella pegando en la pared.
quizás le hiciese un favor al día siguiente, cuando no estuviera tan cansado del viaje en autobús. tenía un buen culo. al menos en él no le estaba pegando y yo estaba fuera de Nueva York, casi vivo.
Escritos de un viejo incidente -relatos-, Charles Bukowski
Comentarios recientes